Cada cierto tiempo, el término El Niño vuelve al centro del debate público en el Perú. Ya sea en su manifestación costera o en su expresión global, este fenómeno suele ser presentado como la principal causa de lluvias intensas, inundaciones y pérdidas en la agricultura.
Sin embargo, para los territorios andinos, la realidad es más compleja. Si bien eventos como El Niño influyen en la intensidad de las lluvias, lo que enfrentan las comunidades rurales no es un fenómeno aislado, sino una creciente variabilidad climática estructural, que se expresa en extremos cada vez más frecuentes: sequías prolongadas, lluvias concentradas en cortos periodos y alteraciones en los ciclos del agua.
En este escenario, limitar la conversación únicamente a El Niño puede invisibilizar algo fundamental: la capacidad de los territorios para reducir su vulnerabilidad y fortalecer su resiliencia desde la gestión del agua.
De la emergencia al territorio: otra forma de entender el riesgo
La narrativa dominante suele asociar El Niño con emergencia, daño y respuesta reactiva. Sin embargo, en los Andes peruanos existe una larga historia de adaptación basada en el manejo del agua y el conocimiento del territorio.
Prácticas como la siembra y cosecha de agua, mediante qochas, zanjas de infiltración y restauración de bofedales, permite a las comunidades regular el ciclo hídrico mucho antes de que existieran los sistemas modernos de gestión del riesgo.
Estas intervenciones reconfiguran el territorio para hacerlo más resiliente frente a la variabilidad climática.
El rol de la siembra y cosecha de agua como estrategia de adaptación comunitaria
A diferencia de las infraestructuras convencionales, las Soluciones basadas en la Naturaleza (SbN) no buscan “contener” el agua, sino acompañar su ciclo natural. La siembra y cosecha de agua, mediante qochas, zanjas de infiltración y restauración de bofedales, permite que el territorio funcione como una esponja reguladora.
Este enfoque cumple dos funciones clave:
- Regulación frente a lluvias extremas:
Las intervenciones en cabeceras de cuenca ayudan a ralentizar la escorrentía, reduciendo el impacto de lluvias intensas, disminuyendo procesos de erosión y mitigando riesgos de inundación en zonas bajas.
- Recarga hídrica en periodos secos:
El agua retenida e infiltrada en el suelo contribuye a la recarga de acuíferos y manantiales, asegurando disponibilidad hídrica para consumo humano y producción agrícola en épocas de escasez.
Territorios que gestionan su riesgo
Lejos de ser medidas aisladas o técnicas, estas prácticas forman parte de sistemas de conocimiento y organización comunitaria que han permitido a las poblaciones altoandinas convivir con la variabilidad climática durante siglos.
Hoy, frente a escenarios de mayor incertidumbre climática, estas experiencias adquieren una relevancia estratégica: no solo reducen la vulnerabilidad, sino que fortalecen la gobernanza local del agua, la seguridad alimentaria y la sostenibilidad de los medios de vida rurales.
Una mirada desde la justicia climática
La protección de las cabeceras de cuenca no es únicamente una acción ambiental. Es también una decisión política y ética. Implica reconocer que las comunidades rurales no son solo las más expuestas a los impactos del cambio climático, sino también portadoras de soluciones concretas.
En este sentido, la siembra y cosecha de agua debe entenderse como parte de una agenda de justicia climática y soberanía hídrica, donde el conocimiento local y la ciencia pueden dialogar para construir respuestas más efectivas y equitativas.
El rol de CEDEP
Desde CEDEP trabajamos junto a comunidades en Áncash, Ayacucho y Huancavelica promoviendo la recuperación y fortalecimiento de estas prácticas ancestrales y contemporáneas de gestión del agua.
Nuestro enfoque parte de una idea central: los fenómenos climáticos no se pueden evitar, pero sí se puede reducir su impacto cuando el territorio está vivo, conectado y bien gestionado.





